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Hablar de dinero dentro de una comunidad de budismo Soto Zen como la nuestra puede resultar incómodo para algunas personas. Existe una tendencia bastante extendida a pensar que lo espiritual debería estar al margen de cualquier cuestión económica, como si el simple hecho de nombrar el dinero contaminara la pureza de la práctica. Porén, esta idea no solo es poco realista, sino que además puede generar confusión y tensiones innecesarias dentro de la sangha.
Nuestra comunidad no cuenta con subvenciones públicas ni apoyos institucionales. No hay financiación externa que sostenga los espacios de práctica, los gastos corrientes o las actividades que realizamos. Todo lo que existe —el dojo, los retiros, los encuentros, la continuidad misma— es posible gracias al esfuerzo consciente y sostenido de las personas practicantes. Este dato, lejos de ser un problema, define con claridad el tipo de comunidad que somos y el modo en que caminamos juntas y juntos.
En la tradición Soto Zen, la práctica nunca ha estado separada de la vida cotidiana. El propio Dogen insistía en que la Vía no se manifiesta únicamente en zazen o en los textos, sino en cada gesto concreto de la existencia. Administrar recursos, cuidar un espacio común, pagar un alquiler o asumir un gasto necesario forman parte de ese mismo tejido de la práctica. No hay aquí una dualidad entre lo «espiritual» y lo «material»: ambas dimensiones se interpenetran de manera natural.
La gestión económica en una comunidad budista sana se basa en varios pilares fundamentales. El primero es la transparencia. Las personas que sostienen una sangha tienen derecho a saber en qué se emplean los recursos comunes. La claridad genera confianza, y la confianza es uno de los cimientos invisibles de cualquier comunidad que aspire a perdurar en el tiempo. Cuando el uso del dinero es claro, el gesto de aportar deja de vivirse como una obligación para convertirse en una expresión de corresponsabilidad.
El segundo pilar es la responsabilidad compartida. En una comunidad sin subvenciones, nadie «paga por otras personas» y nadie sostiene el proyecto en solitario. Cada aportación, por pequeña que sea, tiene un valor real. No se trata de igualar cantidades, sino de cultivar una actitud honesta: dar dentro de las propias posibilidades, sin comparaciones y sin culpa. Esta forma de sostener la sangha refleja una comprensión profunda de la interdependencia: lo que recibo de la comunidad también lo hago posible con mi implicación.
Existe además un aspecto menos visible, pero igualmente importante: el esfuerzo interno que supone reconciliarse con el dinero. Para moita xente, el dinero está cargado de historias personales, miedos, escasez o desconfianza. Practicar en una comunidad Soto Zen implica también observar estas tendencias kármikas, ver cómo reaccionamos cuando hablamos de cuotas, donaciones o gastos comunes. En ese sentido, la economía se convierte en un campo más de práctica, un espejo donde podemos ver con claridad nuestros apegos y resistencias.
Conviene recordar que aportar económicamente a una comunidad budista no es «pagar por un servicio». No estamos comprando meditación, ni enseñanzas, ni pertenencia. Estamos participando activamente en el cuidado de un espacio que hace posible la práctica, no solo para nosotras y nosotros, sino también para quienes vendrán después. Esta perspectiva transforma completamente el sentido de la aportación: deja de ser transaccional y se convierte en un acto de dana, de generosidad consciente.
Por último, es importante subrayar que una comunidad que se sostiene sin subvenciones desarrolla una fortaleza particular. Depende de la implicación real de sus miembros, no de estructuras externas. Esto favorece una sangha arraigada, donde las decisiones, también las económicas, se toman desde la escucha, el diálogo y el compromiso mutuo. No es el camino más cómodo, pero sí uno profundamente coherente con el espíritu del budismo Soto Zen.
Gestionar el dinero con honestidad, sencillez y claridad no es un obstáculo para la práctica. Es, en sí mismo, parte del camino. Cuando comprendemos esto, la economía deja de ser un tema incómodo y se integra de forma natural en la vida de la comunidad, como una expresión más del cuidado, la atención y la responsabilidad compartida que cultivamos día a día.
