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La Comunidad Soto Zen Camino Medio se desarrolla en un contexto muy distinto al del budismo tradicional asociado a monasterios o a una vida retirada del mundo. Las personas que forman parte de la sangha viven en ciudades, trabajan, cuidan, enferman, pagan facturas y crían hijos e hijas. La práctica se despliega en medio de la vida cotidiana y, al mismo tiempo, se enraíza en la tradición del budismo Soto Zen.
Esta forma de vivir la práctica no es una excepción. Es una de las maneras en que el budismo se ha ido encarnando en las sociedades contemporáneas. En este contexto, la sangha adopta una forma que puede parecer paradójica: es laica, religiosa y secular al mismo tiempo.
A primera vista, estos términos pueden parecer contradictorios. ¿Cómo puede una comunidad ser religiosa y secular a la vez? Sin embargo, esta aparente paradoja señala el lugar desde el que se despliega la práctica y la experiencia compartida de la sangha.
Cuando se habla de una sangha laica se hace referencia, ante todo, a una comunidad formada por personas no monásticas. No se trata de abandonar la vida cotidiana para retirarse del mundo, sino de practicar en medio de él. El dojo convive con oficinas, escuelas, hospitales, calles y hogares. La práctica no ocurre fuera de la vida, sino en el corazón mismo de la vida tal como es.
Esta condición laica no implica superficialidad ni falta de compromiso. Al contrario, supone asumir plenamente que el despertar no pertenece a un espacio separado, protegido o idealizado. La práctica se despliega en la cocina, en el trabajo, en la enfermedad, en la crianza, en el conflicto y en la incertidumbre. La vida ordinaria deja de ser ordinaria cuando se observa con atención.
Practicar en medio de la vida no es necesariamente más fácil ni más difícil que retirarse del mundo. Se trata de circunstancias distintas, con desafíos diferentes. La práctica se entrelaza con el cansancio, las dudas, las responsabilidades y los conflictos inevitables de la convivencia humana. Precisamente por ello, la sangha se convierte en un espacio de apoyo mutuo y de aprendizaje compartido.
Esta forma de practicar no excluye los tiempos de pausa. A lo largo del año se realizan retiros de meditación más intensivos. Estos periodos no constituyen una huida del mundo, sino una forma consciente de tomar distancia temporal de la inercia cotidiana. En el silencio compartido del retiro, el ritmo se simplifica, la atención se afina y la práctica se actualiza. Tras el retiro, se regresa a la vida cotidiana con una mirada más clara y una comprensión más profunda.
Al mismo tiempo, la sangha es religiosa. No en el sentido de adhesión a un sistema de creencias rígido, sino en el sentido profundo de la palabra religión como aquello que “vuelve a ligar”. Se trata de una práctica que vincula con la vida, con los demás seres y con el misterio de existir. Se practica zazen en silencio, se recitan sutras transmitidos durante siglos y se cultiva una ética basada en los preceptos del bodhisattva. Estas formas conectan con una tradición viva que atraviesa generaciones y culturas.
La dimensión ritual, simbólica y espiritual no es un añadido, sino una parte inseparable de la práctica. No se trata de conservar formas vacías, sino de reconocer que los seres humanos necesitan gestos, palabras y espacios que expresen aquello que no puede reducirse a conceptos. La práctica no es solo comprensión intelectual; es cuerpo, respiración, silencio, repetición y comunidad.
Y, al mismo tiempo, la sangha es también secular.
Ser secular no significa ausencia de espiritualidad. Significa independencia del marco institucional religioso tradicional. La comunidad no se sitúa por encima de la sociedad ni reclama un lugar de autoridad religiosa en ella. Se inscribe plenamente en una sociedad plural y laica, donde conviven múltiples creencias, visiones del mundo y formas de vida.
En este contexto, la práctica del budismo no se presenta como una verdad exclusiva ni como una identidad cerrada, sino como un camino abierto. No es necesario adoptar una etiqueta religiosa para sentarse a practicar zazen, ni renunciar a creencias previas para explorar esta vía. La puerta permanece abierta tanto para quienes se sienten profundamente religiosos como para quienes no se identifican con ninguna religión.
El budismo llegó a Occidente en una época marcada por la secularización y por una relación ambivalente con la religión institucional. Muchas personas se sienten alejadas de las formas religiosas tradicionales, pero no han perdido la inquietud espiritual; otras mantienen una fe religiosa y desean dialogar con nuevas tradiciones. Muchas simplemente buscan comprender el sufrimiento y aprender a vivir con mayor claridad y compasión. En este terreno compartido nace la sangha contemporánea.
No se trata de reemplazar a las religiones tradicionales ni de competir con ellas. Tampoco de ofrecer una espiritualidad de consumo rápido adaptada a la lógica del mercado del bienestar. Se trata de ofrecer un espacio de práctica honesta, accesible y profundamente enraizada en la tradición, pero libre de dogmatismos y abierto a la experiencia directa.
Esta apertura implica responsabilidad. Implica cuidar que la tradición no se convierta en una identidad rígida ni en un refugio ideológico. Implica recordar que la práctica no consiste en adoptar nuevas etiquetas, sino en aprender a soltarlas. No consiste en convertirse en alguien especial, sino en realizar plenamente la vida que ya es.
Por tanto, nuestra sangha es laica porque no es monástica, es religiosa porque practica una tradición espiritual, y es secular porque no pertenece a una institución religiosa ni reclama autoridad social o doctrinal. Esta triple condición no es una contradicción, sino el resultado natural del encuentro entre el budismo y el mundo moderno.
El despertar no pertenece a ningún lugar particular, a ninguna cultura concreta ni a ninguna institución. Surge allí donde hay práctica, atención y comunidad. El camino continúa en la práctica perseverante. Siempre.
